Todo es excesivo en África; la fecundidad y la esterilidad, el sol de fuego y la oscuridad perfecta, el esfuerzo y la pereza. Por eso el continente negro ha ejercido en todos los tiempos una extraña fascinación sobre las almas predestinadas para las grandes voluptuosidades y los grandes excesos de la creación espiritual. Baudelaire respiraba en la cabellera de Jeanne Duval un ciel pur où frèmit l éternelle chaleur y Rimbaud, después de abandonar la poesia para siempre, se entregó a la embriaguez mortal de esa tierra cruel y generosa, que alimentó las más antiguas civilizaciones y que sigue sien-do el abrigo de los primitivos más modernos.
Entre nosotros, nadie ha gozado y sufrido la atracción de África como el pintor Carlos Páez Vilaró. Su viaje, arriesgado y azaroso, a través de catorce paises africanos, demuestra que su preocupación por el espíritu, las expresiones y los problemas de la raza no eran una veleidad más o menos pintoresquista o cos-tumbrista, sino una inclinación profunda y, a veces, angustiosa por un tipo de hombre y por una tradición que saben manifestar estético e inocentemente los estados más elementales del alma humana. Páez Vilaró supo, como nadie, apreciar en el negro, esa mezcla suculenta de brutalidad y refinamiento, de epidermis profunda e intimidad superficial que tan decisiva ha sido para la concepción moderna del arte.
Páez pintó los murales del aeropuerto de Lambaréné, en el Gabón, el Palacio Presidencial del Congo, la residencia del Presidente de la Cámara de Senadores y Diputados de Brazzaville, la Maison del Soldado, en la Guarnición Militar Francesa de Douala, la cadena de Hoteles de la Re-lais Aeriens africana, en Lambaréné, Port Gentil, Libreville, Carmeroun, Brazzaville y Fort Lamy, el Comando Aéreo Francés del desierto, en Largeau, República de El Tchad. También vivió en el le-prosario del Dr. Albert Schweitzer, en la selva de Lambaréné, con la conciencia de que el arte puede contribuir al alivio de las peores dolencias fisicas y morales. De esta manera devolvió a Africa, purificado y transfigurado, lo que de África habia extraido. Y, además de dejar un testimo nio de su indudable talento original en cientos de cartones y bastidores que decoran desde el edificio más lujoso de las nuevas ciudades hasta el poblado más lejano perdido en la selva o en el desierto inició un movimiento de pintura mural entre jóvenes artistas africanos.
