Junto al parque, en ese rincón ciudadano a medias soñado, se amalgamaban soledades: el exilio del ex brigadista que debió emigrar de la España de pos guerra, con el desamparo de un criollo, el Negro de la Mirada, fugitivo de la vida. Los dos han quedado huérfanos de afectos, aunque los conserven celosamente dentro; los dos añoran igualmente la compañía, aquella de otros tiempos.Los rodean tuberculosos atrincherados bajo las tribunas del estadio, huidos del hospital en señal de protesta, que rechazan a escupitajos la carga de la policía montada; hay vecinos solidarios -el carnicero, las pibas del quilombo, el timbero-: todos unidos al fin por la pobreza.
EL BARRIO ERA UNA FIESTA
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MAURICIO ROSENCOF
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