¿Qué son las democracias violentas?
Por un lado, democracias que ejercen la violencia estatal para controlar el crimen, sin lograr detenerlo y, en muchos casos, escalándolo. Por otro lado, democracias que funcionan en un contexto estructural (económico, social, cultural) en el que la distribución de poder y recursos produce y reproduce distintas manifestaciones de violencia. Finalmente, son democracias que operan en el marco de la expansión de mercados ilegales e informales que desafían violentamente y mediante la corrupción al poder político y a las estructuras estatales, eventualmente res-ponsables de producir orden legítimo y de diseñar e implementar políticas públicas eficaces.
La noción de democracia violenta no implica necesariamente una contradicción, sino que se trata de una condición posible del orden político social contemporáneo en la región. Es una democracia donde el sufragio, la competencia electoral y un marco relativamente amplio de libertades civiles y políticas coexisten con la represión estatal, con acciones violentas perpetradas por actores no estatales, y en el que la institucionalidad estatal puede actuar como garante de derechos y al mismo tiempo, tácita o explícitamente, como productor de daño. Bajo esta noción de democracia violenta resulta relevante mapear también los impactos territorial y socialmente diferenciados de la violencia en la sociedad; es decir, entender qué derechos y de quiénes son preservados, y cuáles derechos y de qué zonas geográficas sectores de la población resultan sistemáticamente vulnerados.
El fracaso de la democracia frente al crimen organizado tiene múltiples causas. Sin embargo, la serie de entrevistas que aquí presentamos echa luz sobre dos temáticas cuya relevancia nos gustaría destacar: la ambivalencia estatal y el punitivismo.
